Y TODO GRACIAS AL VINO

Hace 30 años decidí dedicarme al vino. No sabía muy bien en qué mundo estaba entrando ni lo que significaba, pero lo que sí puedo confesar son las miles de horas de viaje que este trabajo ha implicado, tanto en Chile como en el extranjero.
Aviones, trenes, autos, buses... ¿cientos? ¿Miles? Muchas. He conocido gente infinita: personas que aparecen años después en otra geografía, en otro contexto, siempre ligadas al vino, y que me saludan mientras yo tardo unos minutos en recordar quiénes son.
He visitado todo tipo de restaurantes, tiendas de vinos, compradores y bodegas en lugares donde jamás imaginé que se pudiera hacer vino, y sin embargo, lo logran.
He vivido momentos increíbles: una degustación de altísimo nivel en el Museo de la Plata en Cusco, ser asistente de producción en un documental sobre el Carmenère en Francia, o conversar de vinos con la única alma viva en la estación de Antofagasta —un vagabundo— mientras esperaba el bus de las 5:30 am hacia San Pedro de Atacama, rezando para que no se llevara las muestras. Y cómo olvidar a la gaviota que se dio un festín con el maridaje en la terraza de un hotel de lujo en Viña del Mar, y cuando fuimos a espantarla, ¡botó todo! O esa ruta interminable en camioneta desde Punta Arenas a Puerto Natales con el "ejecutivo zonal", donde la conversación parte de lo comercial y termina en profundidades entrañables. Y así. A eso hay que sumar las peleas para sacar órdenes de compra y los eternos sinsabores de la venta.
Pero mi parte favorita de los viajes de negocios es cuando los negocios terminan y tengo un día para mí. A veces ese día lo paso sola, y me lanzo, donde me lleve la intuición. Muchas veces me acompaña alguien de la distribuidora, con quien voy a todas las reuniones, y cuando el viaje comienza a desvanecerse y queda ese último día, llega la mejor pregunta: "¿Ya, qué quieres hacer?" Y ahí es cuando se pone entretenido.
No restaurantes caros ni cadenas de supermercados, sino los rincones, esos lugares adonde la persona que me ha dedicado todos esos días quiere llevarme. A veces incluso la acompaño en sus trámites personales que no pudo hacer por estar conmigo: buscar a los niños al colegio, ir a buscar a la mamá. Me han invitado a comer a sus casas, me han llevado a bailar, cumpleaños familiares, a recorrer paisajes, playas y acantilados, a conversar. A veces llevamos una botella de vino y nos sentamos. Se traba una amistad que puede ser larga y profunda, y que durará el tiempo que ambos estemos ligados a esa empresa, viéndonos quizás una sola vez al año, o quizás una amistad que será para siempre.
Ese es el crecimiento cultural: conocer realidades, paisajes y amistades esparcidas por todos lados. Hoy nos encontramos en esa gran plaza llamada redes sociales, y la mayoría seguimos ligados al vino, viviendo las mismas experiencias.
Y por último, al día siguiente, muchas veces te dejan en el aeropuerto. Es como despedirse de alguien muy especial: a veces te dejan un regalo, o tú a ellos, objetos que guardo hasta hoy.
“¿Cuándo vuelves?” —preguntan. “Si todo va bien, ¡el próximo año!” Un abrazo, y a embarcar.
Y todo, gracias al vino.
Buen fin de semana, con cariño,
Niki






